Una reflexión sobre “el oficio más bello del mundo”

Rubén Madrid durante su intervención, tras recoger el Premio. Foto: Álvaro Díaz-Villamil

“Aquí estamos, por culpa de los desvaríos del boom inmobiliario.


En primer lugar, quiero agradecer de corazón el premio, que ilusiona más todavía por haber sido concedido por los colegas del gremio.


Aprovechando que el premio se llama “Libertad de Expresión”, que festejamos hoy el día de la profesión, que ayer mismo nos concentrábamos para exigir libertad de información y que estamos rodeados de tan buenos amigos, quiero hacer una reflexión sobre el punto en el que se encuentra el oficio más bello del mundo, según la definición que comparto con García Márquez. Espero no aburrirles y aspiro incluso a que sea interesante.


Uno está harto de oír aquello de que la libertad de expresión es imprescindible en una sociedad democrática, que los periódicos son el parlamento de papel y que la prensa es el cuarto poder, aquel encargado de controlar precisamente el buen ejercicio del resto de poderes.


No sé si quien dice estas cosas piensa también en la prensa local.


Creo que lo que distingue a una república bananera de una verdadera democracia es que los políticos elegidos libremente por los ciudadanos también rinden cuentas ante la opinión pública. La democracia empieza por el voto, pero no acaba ahí. La transparencia con la ciudadanía exige el concurso de unos medios de comunicación que ejerzan libremente su labor. Por eso, señores políticos, y no por un capricho nuestro, hay que contestar a nuestras preguntas: no es un favor; es la obligación moral de un verdadero demócrata; lo contrario es autoritarismo. Hay que permitir, y si es posible fomentar, el debate en los medios. Hay que encajar la crítica con deportividad. La libertad de expresión que estamos celebrando se debe hacer cada día. No sólo hoy, aquí y de palabra, sino siempre, en todos los casos y con los hechos.


Quiero defender también el papel necesario de los periódicos, que priman la reflexión sobre la inmediatez, tan reñida a menudo con una redacción exquisita; con una información contrastada; y con una contextualización correcta. Sólo este plus de calidad puede salvar a los rotativos. Defender estos papeles que parecen cosa de otros tiempos es también reivindicar el valor de la letra impresa, de la palabra que no se lleva el viento, del incuestionable valor notarial de sus hemerotecas en una sociedad que parece a punto de perder la memoria.


Por todo esto, consciente de las dificultades que atravesamos, a las administraciones públicas les pido un esfuerzo. No ya que rescaten a la prensa como sí hacen con la banca, debe ser porque los bancos sí resultan vitales para vivir en sociedad. No pediré limosnas, simplemente que paguen lo que deben para no asfixiarnos, que no cambien las leyes en las juntas de Gobierno a puerta cerrada para perjudicarnos y que no conviertan sus gabinetes de prensa en trampas para la libertad de expresión, sino en trampolines para ella. Todo esto está ocurriendo sin que nadie se eche las manos a la cabeza.


Al mundo empresarial le pido que, de una vez por todas, se crea el negocio del periodismo, en vez de utilizar el periodismo para sus negocios y para convertir la prensa en un juguete en tiempos de vacas gordas. Otro periodismo es posible.


A los compañeros periodistas les pido que no se plieguen, que difundan los problemas del sector como nos pasamos la vida difundiendo los problemas de los demás, que antepongan la dignidad de la profesión por encima de todo y que denuncien los atropellos: como la censura, que la hay.


En fin, no quiero parecer bronco en un momento en el que me encuentro, de veras, tan feliz por el premio. Un premio que quiero dedicar a varias personas: A mi familia, por aguantar mis rarezas. Especialmente a Elena y a Marquitos; también a mis abuelos, Aurelio y María, a quienes les hubiera hecho felices recibir la noticia; y a mi hermana y a mis padres, de quienes admiraré siempre su capacidad de lucha, hoy más necesaria que nunca.


También quiero agradecer el premio a aquellos compañeros que se han alegrado y que andáis por aquí: no hace falta decir nombres, porque ellos y yo sabemos quienes son.


Quiero acordarme de manera especial de los colegas que están en el paro, esos colegas que un día entraron ilusionados en la Facultad de Periodismo, que salieron cinco o seis años después como hombres y mujeres formados en el esfuerzo, que se pusieron a trabajar cobrando poco o nada, que han robado tiempo al tiempo y a sus familias, y a quienes ahora decimos que no son necesarios, que tienen que reciclarse, que esto del periodismo es tan prescindible que lo puede hacer cualquiera que tenga un i-phone. Este premio va por ellos, porque para mí siguen siendo de los nuestros.


Y, en fin, a todos vosotros: gracias por este alegrón.


Nos vemos en los quioscos”.

Rubén Madrid Sardinero. Periodista

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