La cruel pérdida de empleo que está sufriendo la profesión periodística, que aún no ha concluido, y la rebaja imparable de las condiciones laborales, hasta reclamar trabajo gratis, están provocandoun auténtico terremoto en la profesión periodística, que se refugia en la autocrítica como única medida de salvación.
Está muy bien analizar y poner al aire las vergüenzas de los errores propios y del colectivo, con el fin de no volver a caer en ellos, pero insistir hasta la saciedad y sin norte en esta práctica, sólo como recurso para justificar una situación, a modo de autoflagelación, lanza a todos al abismo de la pérdida de la autoestima y al alimento de las fauces de los enemigos del periodismo libre, que no son pocos, y a veces disfrazados con piel de cordero, real y virtual.
Búrbujas mediáticas -de emisoras de radio y televisión y periódicos surgidos en entornos de poder político- y académica -donde la demanda de plazas en las facultades quintuplica la oferta de puestos de trabajo-, son algunas de las causas de esta debacle, como cita el Libro negro del periodismo, del profesor Bernardo Díaz Nosty, adornadas también con decisiones de editores sin escrúpulos ni ética y de acólitos tratando de convencer de que sobran periodistas en las redacciones. Quizá el número de profesionales tenga relación inversamente proporcional a la cantidad a cobrar en bonus por algunos directivos.
No son ajenas la crisis económica, con el correspondiente descenso de inversión publicitaria en los medios, con un efecto negativo en las cuentas, y la irrupción de Internet, donde campa el ‘todo a cero’. Es curiosa la paradoja de quien apoyó sin condiciones una reciente campaña que recogía las quejas –justificadas- de quien se negaba atrabajar por una mísera cantidad -#gratisnotrabajo-, mientras de forma paralela carga indiscriminadamente contra cualquier decisión de cobro por los derechos de los autores y defiende el recorta y pega sin más y, por supuesto, los comentarios o twists preferiblemente desde el más cobarde anonimato.
Puede haber llegado el momento de reflexionar sobre el cui prodest o quien se beneficia por el debilitamiento del periodismo, de la información con rigor y contrastada, porque quizá lo encontremos detrás de alguna @ que ahora viene dando palmaditas en la espalda a los periodistas, en actitud cínica, mientras engorda sus negocios en la Red. Es obvio que también se sentirían tremendamente felices aquellos que ejercen el poder público desde la opacidad.
Quizá no sea políticamente correcto decir que tenemos una parte de la sociedad civil tremendamente egoísta, insolidaria, frente a los medios de comunicación, que no valora el trabajo de los profesionales, pero que se considera con autoridad para exigir lo que hay que publicar, muchas veces por intereses particulares y otras, simplemente, por gozar de su ansiado minuto de gloria. Esta práctica ha sido ejercida, incluso, desde las tribunas con oradores de supuesto ropaje virginal democrático. Quienes sufren este constante aliento ajeno en el cogote, por la proximidad, como quienes trabajan en pequeñas redacciones de medios provinciales y regionales, saben muy bien lo que supone la presión local, no ya de los poderes sino de los individuos.
Efectivamente que podemos hablar de periodistas sin escrúpulos que cobran cantidades millonarias gestionando contenedores de información y publicidad, a la vez gentes que levantan el estandarte de su profesión para dar credibilidad al producto que anuncian y comentaristas que se pelean en programas de televisión. ¿Y los dueños de algunos medios, son ajenos a esto? No, son los que lo consienten, al menos, quienes buscan el dinero fácil en espacios televisivos de entretenimiento, no de periodismo, o los que ven el negocio en algunos escándalos y utilizan las redacciones para mejorar la cuenta de resultados en empresas diferentes a la comunicación ¿Y aquellos ciudadanos del todo gratis?… Pero, eso sí, con calidad, al ser posible relatado por un corresponsal desplazado al lugar de los hechos, que utilice diferentes fuentes y que lo transmita sin demora; además que luego no se enfade, no ya porque no le paguen los derechos, sino porque ni siquiera le citen en los blogs donde se luzca el texto robado. Se quedan con estar informados al segundo, pese a que lo que acaban de ver se les va olvidando al instante, como plasmó El Roto en una de sus viñetas en El País.
El profesor Manuel Núñez Encabo, presidente de la Comisión de Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) –convertida ahora en fundación para hacerla más efectiva y resolutiva- , acostumbra en hacer hincapié en la responsabilidad de los editores en esa tan traída ausencia de ética, mientras subraya que desde la calidad y el compromiso social también hay rentabilidad.
Pero mientras que se libran todas estas batallas en las alturas, muchos metros más abajo, sobre el terreno, hay miles y miles de periodistas que trabajan honradamente en el oficio que han elegido, una profesión apasionante a la que le echan horas y horas y de la que, la mayoría, han hecho su forma de vida. Percibiendo un salario muy por debajo de lo que deberían y enfrentándose a los intereses de aquellos que le pagan o de los que les increpan en la calle, que no son todas las veces estrictamente informativos. A todos ellos no se les puede arrojar encima la carga del problema cuando, incluso, anteponen la profesionalidad a la supervivencia.
Los ciudadanos tienen más información que nunca, y la consumen cada vez más barata; los medios se han abierto en canal ante ellos y sus opiniones, pero sin encontrar un futuro en el que desarrollarse, y los profesionales se siguen castigando hasta rozar el suicidio colectivo. Vamos a pararlo entre todos sabiendo que, por fortuna, no hay obligación de llevarse un periódico concreto en un kiosco o de sintonizar un emisora determinada; que los tribunales ordinarios paran los excesos, que la comisión profesional de quejas de la FAPE se refuerza y que al futuro consejo audiovisual le tocará cargar con las basuras de las televisiones, hoy por hoy culpables de la imagen de un oficio digno, poco reconocido, sí, pero necesario; generalmente de emprendedores, de enemigos de la burocracia y del poder que, de nobles, se consumen en la autoacusación, creyendo que son el problema #sinperiodistasnohayperiodismo

