Miguel Gil y los otros

Miguel Gil es uno de los fenómenos periodísticos del tiempo en que nos ha tocado trabajar, así que entenderán porqué me gusta hablar de él, contándolo siempre aún entre nosotros.


Miguel está no sólo entre quienes lo hemos conocido; y con frecuencia salta en nuestras conversaciones y recuerdos. No sólo en la obra inmensa que Pato, sus hermanos y la fundación han hecho para mantener su ejemplo.

Es que siempre me sorprende cuántos lo conocen; y nunca se lo cruzaron por esos mundos.

En la prensa sabemos que el impacto dejado por Miguel es mucho mayor que el que le alcanzó en el pecho y en la selva: lo conocen y admiran en facultades de periodismo, estudiantes que tenían 8 años y no saben quién era, entonces, ni el director del País ni el de RTVE.

¿Porqué seguimos hablando de Miguel?

Escribí con motivo de su despedida -en Washington como en aquel pequeño cementerio de Vimbodí- que no había en aquellos momentos periodista español con mayor eco, reconocimiento y afecto internacional. La desaparición luego de grandes prohombres de la prensa española lo confirma.

Pero ¿por qué y por qué él? Muchos habían hecho mucho, antes, algunos han caído también, yo estaba allí antes que Miguel…


Hace semanas he asistido en Bosnia a un encuentro de los corresponsales que estábamos allí, hace 20 años, y que nos prometimos regresar. Y hemos recordado a los que no han venido o ya no podrán volver.


Así que puedo confirmarles que Miguel nunca se fue: sigue allí para muchos.


“Ay, Migüelito…” repiten los compañeros extranjeros y los locales de Sarajevo, a cada oportunidad de evocarlo.

¿Porqué este modesto periodista dejó tanto?

Pues no es un gran misterio: Porque dio mucho. Porque Miguel era generoso y parece que, al final, queda lo que uno da.

Probablemente sea un símbolo de la llamada generación de Sarajevo: Un grupo de reporteros singulares que vivieron y maduraron en una guerra singular. He preguntado mucho a los colegas en estos días de aniversario: Era una guerra y una generación que creyó que su trabajo valía más que su sueldo: que contarlo y hacerlo bien podía aliviar o poner fin a aquello.


Pero por entonces yo creía que quien no es periodista podrá hacer o saber de muchas cosas; pero no ser reportero: le falta la preparación, el olfato, la vocación, los útiles del oficio.

Pero Miguel, que no era periodista, vino a Bosnia por lo único que realmente mueve siempre a un reportero: necesitaba ver y de cerca, aquello de lo que a otros les basta hablar en los bares.


Tenía la curiosidad y la preocupación; pero aún más: quería ir y verlo, para intentar comprenderlo. Esta actitud no se aprende, el resto, sí: Y Miguel tenía la humildad para aprender todo, lo que hiciera falta, del Balcán, de la gente, de la supervivencia o de la cámara.

Miguel ocupa un espacio entre nosotros porque era un entrañable compañero. Ocupa un lugar en el periodismo de conflictos porque ha sido un formidable profesional, con la vocación de contar lo que nos acerca y aleja de otro ser humano: el dolor. Naturalmente esto lo hacía más universal que a otros. Sabemos que algunas imágenes que logró Miguel son ya icónicas.

También ocupa un lugar en mí, porque un día me lo crucé y luego lo echaba de menos y busqué con frecuencia volvernos a cruzar.

Incluso me enseñó algo importante una vez en la frontera de Kosovo: Las auténticas historias no están donde caen los proyectiles, sino en las víctimas, cuando el ruido y la furia pasan: rastrea y busca a esas personas, me dijo, y te darán la historia.

Pese a su colosal salto, de barcelonés despistado a premiada figura internacional, tenía una manera serena y compasiva de sentirse parte del mundo. Encontrarlo donde fuera, siempre daba gusto. Sabías que se podía sonreir en medio de la tragedia.

Me gusta el eco que sigue despertando entre los periodistas y la nueva generación, allí donde voy: Quienes en seguida comentan en mi blog si alguna vez lo cito. Me pregunto qué persiguen en su nombre, si no lo conocieron.

Supongo que lo mismo que Miguel: ese ejercicio de reconciliarse con el mundo, su grandeza y su horror; creer que uno puede abrazar ambos y mantener la mirada limpia; aun siendo periodista. Si otro lo ha hecho ¿porqué no uno?

He contado a su madre uno de esos ejemplos de reconciliación, visitando durante la guerra las fosas de personas ejecutadas: ejecutadas no en masa, como se diría en un titular, porque nadie es masa, cada cual es único, su vida es única, su desempleo, su angustia, su esperanza y el momento de su muerte es único: la humanidad no es la misma sin uno y uno mismo es también toda ella, como dicen los judíos.

Aquella mañana entre las fosas de Srebrenica, Miguel tomó del suelo un pedazo de alambre que ataba las manos de un ejecutado, que también representaba a la humanidad. Y manoseando luego con el alambre, terminó dándole una forma única, que es un símbolo clásico de querer abrazarlo todo en uno: hizo con él una rudimentaria cruz; y la última vez que lo ví seguía llevandola al cuello.

Me gustaría ahora decir algo a una familia que conoce mucho mejor a Miguel, pero probablemente no coincidió con él trabajando:

El periodismo se caracteriza por hablar del otro, de ahí que lo mueva la curiosidad y la preocupación. El reportero es quien viaja al encuentro de los otros, se interesa, los distingue y les da un valor humano, por encima de la masa de internet.

Un reportero que participa de la vida de la gente va dejando un poco de su identidad entre ella. Y los propios sentimientos seguirán ligados a esas gentes y esos lugares donde se vivió intensamente; y lo acompañan a uno para siempre. Por eso Miguel recordaba a su gente y por eso yo recuerdo tantos lugares con él.

Pero ¿Porqué vamos a ver a la gente?

Por la filosofía sabemos que, en el principio, eramos sólo nosotros: los superiores, los mejores e incluso los únicos humanos. El otro era el excremento del diablo, dicen los chinos; la extranjera de Samaria, ni siquiera merecía que hablásemos con ella.

Hay un largo recorrido, de temer al otro y odiarlo, hasta preguntarse sobre él; e incluso hasta llegar a imaginarlo, como en el Cercano Oriente, un posible Dios que se nos cruza en el camino: así nace la sagrada hospitalidad.

Y de ahí hasta comprender al otro como puerta hacia uno mismo, como un acontecimiento único en la vida. O, finalmente, al otro como un deber de responsabilidad, según introdujo el sociólogo Levinas.

En esa búsqueda del otro, y tal vez de sí, encontré a veces a Miguel. Creo que el propósito lo llevaba dentro, pero el periodismo le dio el instrumento.

No es improbable que saliera de casa y de su ciudad -algo que pocos hacen, si no es obligados- realmente en busca de sí mismo.

Pero ni el viaje ni la curiosidad, los dos pies del reporterismo, han sido universalmente naturales: de hecho, hoy por hoy no hay periodismo en todas partes, aunque sí haya internet y cafés para charlar en todo el mundo.

Aunque les tengamos cierta manía, los europeos son los primeros en haber sentido esa curiosidad por el otro, esa primera urdimbre del periodismo: Apenas sólo ellos salieron en busca del diferente y hasta se dispusieron a estudiarlo. Probablemente ningún chino viniera nunca a Roma a aprender latín; como muchos redactores prefieren salir lo menos posible para no dejar que el entorno y la gente los ponga a prueba.

Sin salir a la calle a buscar al otro, sólo tenemos titulares vacíos de alma. Escuchar recientemente a las víctimas sirias, agradeciendo a los corresponsales por ir, porque, cito: “no somos sólo números, somos seres humanos y estamos muriendo aquí”, me ha recordado el gesto de los valientes desesperados del Gueto de Varsovia, en 1943: La necesidad última de no morir sin que el mundo lo supiera.

Por eso salimos. Cuando vamos en su busca, ya somos otros, sentimos que “suceden cosas importantes”; son estados de conciencia que no se dan en la mesa de redacción, como me decía el gran reportero polaco Ryszard Kaspuscinski

Desde antiguo se sabe que todo viaje hacia el otro, lo es también hacia uno mismo. Herodoto se pone en camino para encontrarse con los bárbaros y, lo que encuentra, es un espejo para entender a los griegos.

Por todo ello se regresa cambiado a la redacción, pisando por encima del suelo. Quería explicar esto a la familia de Miguel, porque quien no lo ha probado, no lo sabe.

La generación de Sarajevo vivimos una edad de oro de los corresponsales que puede que no vuelva. El ser jóvenes e idealistas, coincidió con una gran guerra a nuestras puertas; muy humana porque te sentías acogido entre el miedo de la gente; y la primera guerra con el llamado “efecto CNN”: cuando una imagen y una historia podían golpear a la Casa Blanca.

Mas puede que pronto no haya ya corresponsales, ni medios, ni por tanto premios como éste. Aunque quiero creer que, como la crisis, esta burbuja mediática también debía estallará y pasará. Y separará a los comunicadores de oro de los informadores de calle, que ha sido una profesión más modesta. Un trabajo al que con ambición de poder y fama hemos maltratado bastante.

Pero no quiero olvidar que, finalmente, a la larga se descubre que todo lo bello que uno ha contemplado irá ya, siempre, con uno. Y si al regresar me preguntan cuántas veces he estado al borde de la muerte, a mí, recordando a Miguel, más me viene cuántas veces he estado al borde de la vida.

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